Una mente abierta hacia el futuro
Sostenido siempre por una profunda fe, pero al mismo tiempo racionalista - empirista, como buen hijo de su época, Wesley pasó su vida predicando que el Evangelio es una fuerza transformadora de personas, iglesias y sociedades y que la fe expresada en doctrina, debía necesariamente traducirse en obras de amor, de lo contrario era “religión” y no “evangelio bíblico”.
Su mente inquisidora y abierta lo
llevó a rastrear todos las áreas del saber y la existencia humana. Desde sus
incursiones en medicina casera (Fue uno de sus libros más vendidos), pasado por
su interés en la electroestática con
fines medicinales (electroshock) que lo llevó a ser considerado por fuentes no metodistas, entre los tres británicos que más se destacaron en
esta área de la ciencia del siglo dieciocho.
Su interés en la buena literatura
universal y su preocupación para que esta pudiera estar al alcance de los más
humildes, lo llevó a diseñar el” libro de bolsillo” de una edición barata y accesible para que
pudiera llegar a todos. Creó escuelas
para los hijos de sus predicadores y también para ellos editó una colección
llamada “Biblioteca Cristiana” en la cual incluyó de manera resumida las obras
que él consideraba más importantes de la historia del cristianismo, para que
sus predicadores se instruyeran correctamente.
Aunque era monárquico y
antidemocrático por tradición, su
práctica cotidiana desmentía ambas cosas: las clases y bandas que creó para la
alimentación espiritual y pastoral de los primeros metodistas eran espacios
ampliamente democráticos e igualitarios, tal vez el único lugar en Londres,
donde podían sentarse juntos y respetarse como hermanos, un comerciante, una sirvienta y un minero y
orar unos por otros. Por otro lado su
frontal y penetrante crítica al sistema de
esclavitud británico, denunciando al sistema como “la más execrable de
las villanías”, ponía en jaque las bases económicas del imperio y sus sistema de colonias basadas
en la explotación de los seres humanos… “Ustedes dicen –dice Wesley: «Pero el dotarnos de esclavos es necesario
para el comercio, la riqueza y la gloria de nuestra nación.» Nada de eso,
la riqueza no es necesaria para la gloria de nuestra nación; sino la
sabiduría, virtud, justicia, misericordia, generosidad, bienestar público, amor
a nuestro país. Es mucho mejor no tener
riquezas, que ganar riquezas a expensas de la virtud. Es mejor la pobreza
honesta, que todas las riquezas compradas con las lágrimas, el sudor y la
sangre de nuestros prójimos.”
Su evangélico interés en el ser
humano y sus sufrimientos, lo llevó también a incursionar en economía, en su ensayo: “Reflexiones sobre la presente escasez de alimentos” escrito en
1773, tres años antes de que Adam Smith,
el padre del liberalismo económico publicara
“La Riqueza de las Naciones”,
donde sienta las bases de una economía sin restricciones, librada al juego
libre de oferta y demanda regulada por el mercado. Wesley, por el contrario, en su ensayo bregaba
por un Estado que debe dirigir la marcha de la economía para evitar las
injusticias de una clase poderosa que acumulaba los bienes haciendo subir los
precios de los alimentos, que debe
gravar con impuestos los campos ociosos, que debe subir los impuestos por la
adquisición de lujos y sobre todo, un
Estado que impusiera retenciones sobre la exportación de caballos, los commodities de aquél momento.
De esta manera
al decir una vez, “el mundo es mi parroquia” no solo se estaba
refiriendo a un problema de jurisdicción, dando a entender que él podía
predicar en cualquier parte. Sino esa frase
es mucho más rica y desafiante, estaba diciendo de alguna manera parafraseando a Terencio que “Nada de lo humano me es ajeno” y esto no
solo era válido para Wesley, sino para
el evangelio que él vivía.
Porque todas estas tareas,
incursiones, pasiones, investigaciones, controversias, en la que Wesley estaba enfrascado no eran un
hobby de un pastor en su tiempo libre. Eran parte central de su ministerio,
eran parte central de su tarea evangelizadora.
Porque para Wesley evangelizar era “esparcir
la santidad bíblica y reformar la nación”. Y en eso se iba la vida, el tiempo, la
organización.
Por eso, era consciente de dos
cosas: por un lado, que el movimiento
metodista, con esta impronta, estaba
abriendo una brecha y estaban haciendo historia, se ganaban “enemigos” en
muchos frentes, sus antiguos obispos le
cerraban la puerta en la cara, pero el movimiento crecía hacia otra dirección, hacia
los pobres, los marginados, aquellos que
nunca pudieron entrar a las catedrales, eran miembros de las sociedades
metodistas, y esto se agrandaba cada vez más. Estaban haciendo historia.
Por otro lado era consciente que
un evangelio vivido de esta manera es muy difícil de ser sostenido en el
tiempo, es una gracia cara, y la
tentación es siempre “acomodarlo” o “pulirlo” a medida que pasa el tiempo. Era
consciente de que lo que ayer era
revolucionario, hoy puede ser conservador.
Y su gran preocupación era qué sería del movimiento cuando él ya no
estuviera más entre ellos, escuchemos de
manera un poco atrevida, sus
preocupaciones:
“De
este corto esbozo del llamado metodismo, cualquier persona comprensiva puede
discernir fácilmente que se trata de una sencilla religión bíblica, difundida
por medio de algunos reglamentos prudentes. Su esencia es la santidad de
corazón y de vida; todas las circunstancias apuntan a ello. Y mientras éstas se
mantengan unidas en las personas llamadas metodistas, ninguna agresión en su
contra podrá prosperar. Pero, si aún los detalles circunstanciales son
desdeñados, lo esencial pronto se perderá. Y si alguna vez se evaporara lo esencial, lo que quede
será escoria y desperdicio…. Nos compete comprender
nuestra situación presente. Me temo que donde han aumentado las riquezas (con
sumamente pocas excepciones) la esencia de la religión, el sentir que hubo en
Cristo, habrá decrecido en la misma proporción. Por tanto, no veo cómo es
posible, según la naturaleza de las cosas, que un reavivamiento de la religión
verdadera continúe por mucho tiempo. Porque la religión produce necesariamente
tanto laboriosidad como frugalidad. Y
éstas no pueden sino producir riqueza. Pero al acrecentarse las riquezas, lo
mismo ocurrirá con el orgullo, la ira y el amor al mundo en todas sus
manifestaciones.
Por
eso…no tengo temor de que el pueblo llamado metodista deje de existir alguna
vez en Europa o en Norteamérica. Mi temor es que lleguen a permanecer como una
secta muerta, como una forma de religión sin poder. Y tal será indudablemente
el caso, a menos que se mantengan firmes en la doctrina, en el espíritu y en el
servicio a los pobres… con los cuales se iniciaron”.
Estas
reflexiones, cercanas al año de su muerte, son toda una advertencia profética, un llamado
a los metodistas de su futuro, nuestro presente, a ser sabios en recoger
la herencia, que como vemos, no se trata
de tradiciones fosilizadas, de frases ejemplificadoras, de formas, ni aún la historia de esa historia
(aunque es bueno conocerla!!) ….esa
herencia no es otra cosa que la puesta en práctica del evangelio de amor que
Wesley supo llevar hasta los confines de las necesidades y saberes humanos para
desde allí hacerlo brillar en todo su esplendor.
Daniel
Bruno

